
Cuántas veces se acercó a la orilla de la playa
para ver al pescador zarpar en su barca.
Cuántas veces durmió bajo las aguas del mar
soñando que desaparecían las escamas.
Cuántas veces siguió el rastro de aquel hombre, la sirena,
que cada mañana alzaba sus brazos para llevarse un pedazo de cielo.
Mientras ella lloraba lágrimas que,
mezcladas con la sal, se convertían en cristal.
Cuántos suspiros burbujeantes salieron de su boca triste,
cuántos peces vio morir.
Pero enamorada cada mañana le veía partir,
Y sin poder asomar su pelo largo y mojado,
sus manos frías, su piel pálida.
La sirena ya no quería vivir más en el mar.
Y el pescador ajeno a aquel amor
cada día alzaba sus brazos para llevarse un pedazo de cielo.
¿Alguna vez podré tenerle entre mis brazos?
¿Sentir su piel cálida y tostada por el sol?
¿Podré ser amada por él?
Soñar a su lado y pasear por la playa…
Y un día sucedió.
Pescando en las aguas como cada mañana,
el pescador la vio.
Fue tal su asombro que le costaba respirar,
no podía creer lo que el mar le había traído a su barca.
Era pequeña, de piel suave, blanca y brillante.
Con ojos oscuros, pelo largo y mojado,
y una cola plateada colmada de escamas.
Así fue como el pescador
se llevó para siempre el corazón de la sirena.
Y dejándola caer sobre el agua calma,
la observó.
Virginia F.







